domingo, 13 de abril de 2014

SEMANA SANTA EN NORUEGA


Acabo de actualizar mi blog: SEMANA SANTA EN NORUEGA 
alestedelcanal.blogspot.com

En la foto, típica decoración de Pascua con narcisos y tulipanes amarillos. Dentro de una cabaña en las montañas. 

Que tengáis una buena semana.

Por estos lares nórdicos, la Semana de Santa se celebra como una llegada masiva de la luz.
Se decoran las casas con pollitos y huevos. Los manteles llevan los mismos motivos y domina el color amarillo. Las servilletas para estos días son amarillas, las velas también.
Las flores que decoran los interiores son tulipanes amarillos y narcisos, a los que por aquí llaman: "lirios de Pascua".
La música que se escucha es "La Pasión según San Mateo", algún "Réquiem" o el "Parsifal". Todo lo que tenga que ver con la tradición musical religiosa de la muerte y la resurrección, incluido por supuesto el Santo Grial.
La literatura que se lee durante estos días es Novela Negra. Las largas horas de luz en las cabañas, o en las casas incitan a la lectura de algo ligero, entretenido, jugoso y misterioso. En la televisión también se emiten películas de cine negro, y en la radio hay seriales durante estos días de "radionovelas negras". Aquí se llaman "Krim". En italiano son "Gialli", amarillos. En español, "novela negra", ya sabemos.
También es la semana en la que la mayoría de los noruegos van a esquiar a las montañas. Es cuando más gente hay en la nieve.
Mucha gente.
Entiéndase por "mucha gente" que de vez en cuando te encuentras con alguien mientras esquías.
Cuando digo "esquiar" me refiero a fondo y a travesía. Nada de alpino. Hay esquiadores de alpino, y hay zonas con pistas, con remontes y todo eso. Pero la mayoría no. La mayoría detesta la masificación de una estación de esquí.
Aquí se esquía en soledad. Y cuando ves un punto que se mueve a lo lejos, piensas: "vaya". Yo, desde luego, sí que lo pienso, porque soy torpe, y si me caigo cuando salgo del ascensor de mi casa, o de una tienda de mi barrio, más me caigo cuando voy encima de unos esquíes, que para mí, que no soy más que noruega consorte, no es mi estado natural.
Y me caigo especialmente cuando veo que alguien se acerca, alguien que por supuesto, esquía mucho mejor que yo, aunque tenga 5 años o 85. Entonces me pongo ligeramente nerviosa. Lo suficiente para perder el equilibrio y caerme.
Y claro, lo peor no es caerse. Es levantarse encima de un metro o más de nieve, cuesta abajo, cuando los esquíes quieren continuar deslizándose, y yo querría que se quedaran quietos debajo de mis pies. De mis pies, con los tobillos retorcidos. Con las rodillas cuyas rótulas no saben hacia donde tienen que mirar.
Pero bueno, caerme solo me caigo unas cuantas veces cada día. El resto del periplo esquiador lo disfruto viendo los paisajes más maravillosos que puedo imaginar. Y no cayéndome, lo que siempre es un placer.
Y comiendo chocolate en una pausa, y una naranja española comprada en REMA, el supermercado más noruego, que siempre tiene naranjas de Valencia. Aquí arriba, en el norte.
Reina el silencio, que ahora ya en primavera rompen algunos pájaros,  y el sonido de los ríos que se van abriendo poco a poco.

Las aguas danzan y cantan acompañando a los pájaros.
Y al deslizamiento de los esquíes.
Y a mi respiración.



Una foto de Ana Alcolea.